La Asunción de María en cuerpo y alma

Agosto 16, 2020
Origen: fsspx.news

El dogma de la Asunción corporal de la Virgen María al cielo nos hace comprender el sentido de nuestra vida corporal en el camino hacia Dios.

La verdad de la Revelación Divina muestra al cuerpo en su transitoriedad y corruptibilidad, pero también señala el objetivo de la vida, a saber, "la resurrección de la carne y la vida eterna".

La redención del cuerpo

En el mundo materialista de hoy la vida del cuerpo se ha convertido en lo más importante, y nosotros tampoco nos podemos escapar de esta intensidad de lo material, porque somos hijos de nuestro tiempo. Aunque no deifiquemos nuestro cuerpo, nos hemos acostumbrado a buscar frecuentemente nuestra felicidad en el cumplimiento de los anhelos y deseos de nuestro cuerpo, para lograr una supuesta plenitud y paz en nuestros corazones. El dolor, la enfermedad y la muerte son la mejor muestra de que estas promesas mundanas no son más que una cruel ilusión.

Y aún así el hombre desea la redención del cuerpo. A este anhelo responde el dogma de la Asunción de María al Cielo, el cual nos permite contemplar su cuerpo glorioso en una imperecedera belleza celestial. Tal glorificación es prometida también a nuestro cuerpo, si tan sólo seguimos el mismo camino que ella. Como este cuerpo fue completamente guiado por la vida de su alma, fue glorificado también con esta alma. Si el mundo permite que el cuerpo se empantane en la mentira del naturalismo y por lo tanto lleva al hombre a la desesperación y a la ruina, entonces el hijo de María puede, como contraste más extremo, representar el cuerpo en su predestinación imperecedera.

El cuerpo glorificado

El cumplimiento de nuestro anhelo no es sólo una promesa, un juramento solemne, sino que ya es una realidad en el cuerpo glorificado de la Santísima Virgen.

Esta belleza imperecedera del cuerpo de María en la gloria, nos proporciona a la vez el verdadero aprecio por nuestro cuerpo, y el estímulo para adoptar los medios que nos permitan participar de esta belleza. En la medida en que esta realidad sobrenatural se apodere de nosotros e impregne todos los ámbitos de nuestra vida, puedo ordenar la vida del Cuerpo hacia estas realidades, negándole la caída en la ilusión y las pasiones afectadas por el pecado original, y elevándola a su verdadero destino.

El cuerpo se convierte en el siervo de la vida espiritual y realiza su existencia como templo del Espíritu Santo. Esto da lugar a una visión muy positiva y sobrenatural de la vida física, y llena al hombre con una frescura eterna y una juventud espiritual, como nos recuerda el comienzo de cada Santa Misa: “Entraré al altar de Dios, al Dios que deleita mi juventud - ad Deum, qui laetificat juventutem meam” (Sal 42).

Cuando lleguen los años de la vejez y el hombre sufra cada vez más por las enfermedades y deformaciones de su cuerpo, se presentará este dogma ante él como una esperanza brillante y un anhelo que pronto se hará realidad: el lugar que el Señor nos ha preparado en el cielo no es algo abstracto, sino que se presenta ante nosotros en el esplendor eterno de la Inmaculada asunta al cielo. En ella ya podemos ver el cumplimiento de la palabra del Señor: “Padre, lo que tú me has dado, quiero que donde esté yo estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado” (Juan 17:24).