María y el santo sacrificio de la misa

Junio 13, 2020
Origen: fsspx.news

El Santo Sacrificio de la Misa es la renovación del Sacrificio de Cristo en la Cruz. Ahora, Dios quería que María participara en el Sacrificio del Calvario. Como Corredentora, Ella ofrece al Padre celestial el mismo sacrificio que su Hijo, renunciando a sus derechos maternales sobre El y uniendo su voluntad y sus sufrimientos a la voluntad y los sufrimientos de Cristo.

El Santo Sacrificio de la Misa es la oblación de los méritos del Sacrificio de la Cruz. María es la distribuidora de todas las gracias obtenidas en el Calvario. Por eso tiene un papel especial en la Santa Misa, en la cual esta distribución se lleva a cabo de manera extraordinaria. En el Calvario, María hace nacer la vida divina en nosotros. Y esta maternidad continúa en cada Santa Misa: la renovación y realización del Sacrificio de la Cruz corresponde a la renovación y realización de su mediación de gracias.

Por eso es justo y necesario celebrar la Santa Misa bajo la Cruz con María, la Madre de los Dolores, como una inmersión espiritual en su corazón adolorido, para compenetrarse con Ella y en Ella en los sentimientos del Crucificado.

Por esta razón María también aparece una y otra vez durante la Sagrada Liturgia: en el Confiteor nos ayuda a un arrepentimiento más profundo y a una mayor pureza de corazón. En el Credo confesamos su papel decisivo en los misterios de la Encarnación y la Redención. En la oración Suscipe Sancta Trinitas al final del Ofertorio entendemos el Santo Sacrificio de la Misa como el acto supremo de su glorificación. En los Comunicantes antes de la Santa Consagración nos unimos a Ella para entregarnos totalmente en Ella al Sacrificio de Cristo. Después del Pater Noster pedimos su intercesión para que la Reina de la Paz nos obtenga la Paz de Cristo.

Asimismo, los instrumentos litúrgicos son una parábola de María, como lo expresa claramente la liturgia etíope cuando alaba a María: “Regocíjate, mesa de oro en la que madura el exquisito misterio. Eres el recipiente de oro en el que se guarda el maná, el pan que nos llegó del cielo. Tú, patena de oro que porta el pan del sacrificio. Tú, cáliz de oro, que contiene el vino del misterio mezclado con la fragancia del Espíritu Santo… Eres el incensario de oro que contiene el carbón ardiente de la divinidad”.

El Padre Frederic Faber expresa lo mismo con las siguientes palabras: “El Corazón de María es el altar vivo en el que se ofrece el Sacrificio. Su corazón traspasado es también el siervo del altar, cuyo palpitar es la respuesta litúrgica. Es el quemador de incienso con el que la fe, la esperanza, el amor y la adoración del mundo entero, se eleva como incienso ante el Cordero Sacrificado. El coro de esta temible misa se eleva por encima de todos los ángeles. ¿No fue el silencio de los maravillosos sufrimientos de María que cantó las canciones ocultas e indecibles al oído deleitado de la Hostia Sangrienta?”

María es, pues, el espacio espiritual, la atmósfera santa, el Santuario en el que somos transformamos para comprender siempre más profundamente y sumergirnos cada vez más en el gran drama divino de la Santa Misa y recibir todos los frutos de este árbol de la vida.