María guardaba todas sus palabras en su corazón

Septiembre 19, 2020
Origen: fsspx.news

La oración es elevar el alma a Dios para adorarlo, agradecerle, presentarle peticiones y pedirle perdón. Nadie en la tierra cumplió con esto tan perfectamente como María. Como todo lo demás, también la oración de María se convierte en la “forma”, el prototipo y ejemplo de nuestra oración, es decir, nuestra relación con Dios.

Sor Isabel de la Santísima Trinidad fue capaz de comprender la vida de oración de Nuestra Señora de una manera especialmente profunda: “¿Qué debió pasar en el alma de la Santísima Virgen cuando poseía en su interior el Verbo Encarnado, el don de Dios después de la Encarnación? ¿Con qué silencio, recogimiento y adoración se sumergió en lo más profundo de su alma para abrazar a este Dios, de quien se había convertido en su Madre? Toda su vida fue una incesante y silenciosa adoración del Verbo Divino, completamente inmersa en la vida amorosa de la Santísima Trinidad.”

“Ella guardaba todas estas palabras y las meditaba en su corazón”. Esa es la mejor definición de la meditación, de la oración contemplativa. “Me parece que la conducta de la Santísima Virgen durante los meses desde la Anunciación del Angel y el nacimiento de Jesús, es el modelo para todas las almas con vida interior. Con qué paz y recogimiento María se levantaba y se ponía a hacer todo. Todo, incluso las cosas más comunes fueron divinizadas en ella, porque a través de ellas adoraba el don de Dios. Sólo hay una criatura que fue el honor de la gloria de la Santísima Trinidad. Ella respondía plenamente a la elección divina de la que habla el Apóstol: siempre fue pura, sin mancha, impecable a los ojos del Dios Tres Veces Santo.”

“Su alma es tan simple, los movimientos de su alma son tan profundos, que nadie puede alcanzarla. Parece reproducir en la tierra la vida del Ser divino, del sencillo Ser. Es tan transparente, tan luminosa, que uno podría confundirla con la luz misma. Sin embargo, ella es sólo el espejo del Sol de Justicia, speculum justitiae. ‘La Virgen guardaba todas estas cosas en su corazón’. Toda su historia puede resumirse en estas pocas palabras: ella vivió en su corazón, tan profundamente, que nuestra vista ya no puede seguirlo. Cuando leo en el Evangelio que María se apresuró a la región montañosa de Judá para prestar su sevicio caritativo a su prima Isabel, entonces la veo pasar, tan bella, tan pacífica, tan majestuosa, tan recogida interiormente con el Verbo Divino. Al igual que en Su caso, también con ella fue siempre la misma oración: Ecce - He aquí, Soy … ¿Qué? La esclava del Señor, la más pequeña de todas las criaturas. Y ella, Su Madre, decía eso.”

San Luis María de Montfort compara a María con una magnífica montaña en la que Dios ha puesto su morada, “en la que Jesús enseña y mora por siempre, donde uno se transfigura con Él, donde uno muere con Él, donde uno asciende con Él al Cielo”.

Por lo tanto, debemos unirnos a María en la oración, y eso significa “subir esta montaña, nuestro ascenso a Dios”.

El mismo santo llama a María el oratorio, la casa en la que Dios habita, el lugar en el que lo podemos encontrar. Sólo en esta casa hay la atmósfera adecuada: el más profundo recogimiento, el silencio reverente, la inefable belleza y sencillez, el incienso de la adoración, la atmósfera de la presencia de Dios, ¡el Cielo en la tierra!